Fallece nuestra hermana Virtudes, a punto de cumplir los 89 años de edad y con 69 años de profesión religiosa.

Natural de Santa Bárbara (Asturias), era la segunda de 5 hermanos. Nacida el 22 de marzo de 1937 quedó huérfana de madre en la adolescencia y tan solo unos meses después hubo de enfrentar la muerte de su hermana mayor, quedando al frente de sus hermanos. En Sotrondio conoció a las dominicas que regentaban un colegio y, con el acompañamiento de las hermanas y de los frailes, fue conociendo el carisma dominicano en el que quiso consagrarse a Dios.

Ingresó como monja de la Orden de Predicadores en el Monasterio de san Blas, en Lerma, y allí profesó el 13 de febrero de 1957, haciendo sus votos solemnes tres años después. Allí vivió su vocación durante más de 20 años, hasta que en la década de los 80 se trasladó al Real Monasterio de santo Domingo en Caleruega, cuna del Santo Fundador.

En el momento de fallecer, ejercía de subpriora por su lucidez y prudencia, pero fuera de los muros del monasterio era reconocida por sus famosas tartas y dotes para la repostería. A lo largo de toda su vida supo adaptarse y servir en aquello que fuera necesario, ejerciendo oficios de procuradora, tornera, sacristana, maestra de novicias, encargada del obrador. Tenía un don especial para los trabajos manuales y realizó numerosos bordados en casullas y labores para la liturgia.

El pasado mes de julio, tras un prolongado tiempo de molestias, le diagnosticaron un cáncer terminal. Noticia que recibió con admirable serenidad y cuyo desenlace fue preparando a lo largo de este tiempo. Su estado empeoró el pasado 11 de febrero, tras recibir la Unción de Enfermos. Ingresada en el hospital conservó en todo momento la lucidez, aun con grandes dolores, se olvidaba de sí misma para cuidar de quienes la cuidábamos y supo transmitir a quienes le rodeábamos la paz interior que recibía de su inminente llegada al Cielo.

Falleció en la mañana del lunes 23 de febrero en compañía de la vicaria, sor Teresa de Jesús. La tarde anterior, aun consciente, habían podido subir varias hermanas a la habitación, habían rezado juntas y recitado la letanía de los santos y, por petición de la enferma, le habían cantado la Salve y el O Spem Miram, como se acostumbra a hacer con todos los dominicos en el momento final de su vida.

La capilla ardiente se instaló en el coro en el que tantísimas veces había participado de la Liturgia y de la Eucaristía con su comunidad. El funeral se celebró en este mismo lugar, el martes 24 a las 16:00, presidido por fray Juan Carlos Cordero y concelebrado por los padres dominicos del vecino convento, el prior de Palencia y un párroco de la zona. Estuvimos acompañadas por nuestras hermanas dominicas del Colegio santo Domingo de Aranda de Duero, que con tanto cariño nos han cuidado en estos días de hospital, algunos laicos dominicos, su familia venida de Asturias, y amigos y vecinos de la comunidad. Al terminar, en procesión por la huerta, procedimos a acompañar a nuestra hermana hasta el cementerio del Monasterio para darle sepultura.

Os compartimos el texto que se leyó, a modo de agradecimiento, al terminar la celebración, antes de salir hacia el cementerio:

Nuestra hermana Virtudes sabía desde el pasado julio que se acercaba su hora de partir al Padre. No acogió la noticia con resignación, sino con serenidad e, incluso, con deseo. Si le preocupaba algo, nunca fue pensando en ella, sino en nosotros y en sus seres queridos aquí presentes.

A su lado, estos días, esperábamos con una serenidad que estremecía, a “la hermana muerte”. Han sido muchas las horas y mucho lo compartido. Como cuando nos enseñaban en el noviciado a inclinar la cabeza cada vez que cruzábamos por delante del altar, así estos días en la habitación del hospital algo dentro de nosotras se inclinaba ante su cama. Allí estaba aconteciendo el Misterio de Cristo, con el que Virtudes había querido configurarse y con el que estaba Desposada. Con sus indicaciones y sobre todo con su espíritu, hemos querido celebrar este funeral como una boda. Como su Boda eterna. Su cuerpo sobre el suelo ocupa el mismo lugar delante del altar en el que un día cada una de nosotras y ella misma se desposó con Cristo.

Muchos de vosotros la identificáis como la hermana repostera, la que hacía las tartas, la sacristana… Son muchas las cosas que hacía y mucha la sabiduría que nos ha dejado en herencia. Pero, sobre todo, nos ha enseñado a amar. No me dio clases sobre santo Domingo, pero vi cómo se movían sus labios con una sonrisa mientras le cantábamos el O Spem Miram en su última tarde. Mucho más que sus trucos con las mangas pasteleras, a su lado aprendí amar a la comunidad y desgastarse por ella. No podremos igualar su destreza con los bordados, pero su mirada serena nos enseñó a cuidar las cosas de Dios y amarle a él sobre todas las cosas. Nunca aprenderé su don para cuidar las plantas, pero no podré olvidar la lección que me dio su vida y su muerte: que somos Criaturas de Dios, llamadas a darle Gloria con toda nuestra existencia, hagamos lo que hagamos, porque el Cielo se vive en lo pequeño, sencillo y discreto de cada día. Puede que no supiera toda la historia del pueblo, pero su ilusión por sacar adelante el obrador y la casa me contagiaron su amor por Caleruega y la esperanza en nuestra misión aquí.

 “¡Mujer de poca fe!”, me dijo una de las últimas veces en las que me habló y mis ojos habían vuelto a llenarse de lágrimas, mencionando aquel “Os seré más útil desde el Cielo”, que un día escucharon también los frailes que lloraban ante la inminente muerte de santo Domingo. “Me voy al monasterio del Cielo, al gran Monasterio”, repetía sonriendo. La tristeza nos tienta, pero, incluso ahora, se ha salido con la suya. Se ha ido de una forma tan serena, tan bella, tan admirable, tan elegante, que ni siquiera en estas circunstancias reina solo el dolor. Ella, y su actitud confiada y generosa de enfrentar la vida y la muerte, son su mejor predicación. “Al Cielo entraré revestida de la Misericordia, no te agobies con ponerme el mejor hábito”, fue también una de sus últimas indicaciones. Su partida nos deja muy huérfanos, pero su misma forma de partir nos impide desesperar, nos asegura que caminamos hacia el Cielo, que vale la pena entregar la vida, que tiene sentido amar.

Estos días, a su lado en la cama del hospital hemos podido ser testigos privilegiado de la presencia de Dios que nos habita y que se palpa en quienes, como Virtudes, saben hacerse transparentes para que sea Cristo quien se manifieste: «llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros (…) Llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo». (2 Co 4, 7.10)

Además, aquí os dejamos el enlace de la noticia que ha compartido un medio católico: https://es.churchpop.com/el-me-va-recibir-en-sus-brazos-el-ultimo-deseo-de-sor-virtudes-la-monja-que-conmueve-las-redes/?fbclid=PAZXh0bgNhZW0CMTEAc3J0YwZhcHBfaWQMMjU2MjgxMDQwNTU4AAGnwl-hVEeXkG0k_ICXKz9T0bUjp56BvbpCfZdp79YbuPKMM7FxnHq1LEBNKJs_aem_6e8rdKYV6efoRxj1UfVqSA